Hace unas semanas nos visitaron unos amigos extranjeros (viven en Chile) y que se dedican a la producción del vino con lo que me sentí en la obligación de sacar alguna rareza de la bodega. Daba por hecho que conocían no sólo toda la producción local si no la mayor parte de lo que se ha dado por llamar “Vinos internacionales”, esos vino producidos con los sospechosos habituales (Merlot,
Cabernet, Syrah, Cahrdonnay,…). La elección no fue fácil, pero finalmente, entre otras (ya habrá tiempo de hablar de ellos) bebimos una botella de Krutzler Blaufränkisch Reserve 2004, un tinto austríaco, más concretamente de Deutsch-Schützen, en la zona de Süd-Burgenland.
Es un vino que ha evolucionado maravillosamente en la botella. Ha afinando unos taninos algo punzantes que encontré cuando lo probé hace ya varios años, que se han amalgamado perfectamente con una acidez explosiva, que hacía prever una vida futura larga e interesante. Los sabores de frutas rojas (grosellas, cerezas), característicos de la variedad y potenciadas por la crianza en grandes de fudres de roble esloveno (la frontera está a pocos kilómetros), se mezclan con notas de tabaco que han evolucionado hacia la hojarasca, y una mineralidad (grafito) que es difícil de olvidar.
Austria ha conseguido en menos de 25 años pasar de la desolación producida por el escándalo del Glicol (algunos productores desalmados añadieron descongelante a sus vinos para endulzarlo y potenciar su sabor) a ser considerado uno de los países de moda en los centros del poder vinícola, Estados Unidos y Gran Bretaña. No han basado este éxito solamente en la historia de sus vinos blancos (sus Rieslings y Grünner Veltliners son apreciados por las monarquías europeas desde hace más de 400 años), si no en vinos dulces que desde hace años ganan concurso tras concurso a sus pares de Sauternes o Tokaj, y más recientemente en vinos tintos de variedades consideradas locales, especialmente la Blaufränkisch, que aunque también se produce en Hungría o Eslovenia (bajo gobierno austríaco hasta hace menos de 100 años), su origen es francés, traído por los monjes cistercienses.
Los precios de estos vinos son elevados, por una parte por el consumo interno de un país con un elevado poder adquisitivo, por otra, por la baja producción, pero fundamentalmente por la capacidad del marketing local para presentar estos vinos en sus principales mercados como “distintos”. Ya lo dijo en una ocasión el gran director cinematográfico Billy Wilder: “Los austríacos son un pueblo muy inteligente. Han sido capaces de hacer creer a todos que Hitler era alemán y Beethoven austríaco”.
En mi opinión no deberían los países productores poner un mascarón de proa a sus proyectos de marketing, y de hecho probablemente a estas alturas debería parecer claro que no tiene mucho sentido meter en el mismo saco a todos los vinos de un país bajo etiquetas como “Vinos de Chile”, “Vinos de España”. Poco tiene que ver un Syrah de Limarí con un Carignan del Maule y menos todavía los Cabernets de Casillero del Diablo Mer y Garage Wines.
La Carménère en Chile, la Malbec en Argentina o la Pinotage en Sudáfrica han sido tan manoseadas y maltratadas que parece hasta contraproducente usarlas como imagen de nada. Es el momento de pasar al siguiente nivel como se ha hecho en Europa donde los “nuevos” países productores (algunos con tradiciones de varios cientos de años) no se escudan en variedad alguna para promocionar sus vinos.
