De tapas pero no tanto

“Las buenas costumbres nunca se pierden”, o algo así. Ir de tapas es una de esas cosas que idolatro, y que lamentablemente no hago tanto como a mi me gustaría. La verdad, no es fácil. No sólo aquí en Santiago, si no tampoco en Barcelona o en Viena, donde viví anteriormente. Para ir de tapas no son necesarias tantas cosas en realidad: unos cuantos bares en una zona que se pueda recorrer a pie. Que esto lugares sirvan pequeñas raciones tanto de comida como de bebida. Pero lo fundamental es que los bares entiendan que los clientes no quieren pasar allí varias horas, si no que son movidos por una especie de corriente marina que les empuja de puerto en puerto. La barra es el lugar adecuado pero en verano una buena terraza sirve igual.

Hace unos días hicimos un intento de “ir de tapas” en una zona que yo creí podría ser adecuada: Vitacura con Alonso de córdoba. Además lo hicimos un martes con idea de que no hubiese demasiada gente. El plan: unas kokotxas y un vino en El Miraolas, una ensaladilla y unas alcachofas fritas con cava en La Boquería y un crudo y un sülze con cerveza en el Starnberg. No parece complicado ¿verdad? Resultado: no es factible (todavía).

Partimos en el Miraolas del Paseo El Mañío. En el otro, al llegar pareció que interrumpíamos la conversación del grupo de camareros, que no tenían nada que hacer pues le local estaba vacío. Aún así no nos dejaron sentarnos en la terraza por no tener reserva y apesar de que les insistimos que sólo queríamos tomar un par de tapas, y que no tardaríamos mucho. ¡Algo sabían! En el Miraolas (definitivo) tardaron unos 15 minutos en tomarnos la comanda (¡no había kokotxas!) y otros 10 minutos más en traer el vino. La comida que llego 10 minutos más tarde era correcta, pero eso es otra historia. Demasiado tiempo, y un servicio bastante con cara de pocos amigos al pedir la cuenta.

Cuando nos dirigíamos a nuestro siguiente destino, ya nos imaginábamos en el quiosco de Pinotxo del mercado de La Boquería, el original. Nada más llegar las ilusiones se empezaron a venir abajo: no atienden en su larga y maravillosa barra. Los balbuceos que recibimos como explicación no nos consolaron. De nuevo el servicio fue excesivamente lento, pero agradable. El cava y la buena calidad de las tapas (unica excepción: la mayonesa de la ensaladilla, demasiado líquida e insípida) ayudaron a compensar.

Curiosamente el mejor resultado lo obtuvimos en en el último local que visitamos, el Starnberg. Atención rápida, buen producto, raciones correctas y terraza agradable. Es decir, perfecto. No pedíamos tanto, ¿no?

La conclusión es evidente: ir de tapas no es posible en Santiago. Ir de tapas debe ser como un concierto de punk y en Santiago recuerda más al de esas bandas de rock sinfónico de los setenta. Es una lástima, hay lugares de sobra con buena comida, pero no están preparados para ello. Más allá de que  el servicio es deficiente en general (desde la “picá” de barrio hasta el restaurante de hotel top ), los negocios no estén planteados conceptualmente para una rotación rápida de clientes. No es tan difícil, podrían aprender del Dominó, por ejemplo. Lo más decepcionante es que los nuevos locales “de tapas” que están floreciendo en la ciudad, tampoco siguen esa filosofía.

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